Si, definitivamente motivos tengo muchos para amar la lluvia, y pensando, en medio de esa necesaria reflexión que deviene a días de gran intensidad, nos parecemos a la lluvia. Llegamos y chocamos contra el mundo para comenzar a dividirnos en tantas unidades como circunstancias nos presenta la vida, despedazando nuestra esencia contra ellos, impregnándolos con la diminuta existencia que representamos en medio de las vidas contra las que chocamos, dejando un pedacito de nosotros mismos en cada uno, y logrando confundirnos con las de ellas, alimentarlas como a la tierra, o desvaneciéndonos con el calor como si nunca hubiésemos siquiera existido conforme a sus propias naturalezas, conforme lo decide la vida. Pero somos también como la gota pendiente en la punta de alguna hoja. Nuestra vida avanza con sus mismos altibajos, violentos y desesperados como la precipitación desde el cielo, chocando contra el suelo por ser consecuencia necesaria, transformándonos, dividiéndonos, dejando parte de nosotros mismos en el camino como la gota de lluvia que antes fue nube y vapor y río, no sin continuar íntegros en cada una de nuestras nuevas existencias propias del devenir. Caigo en cuenta también de otra realidad: que somos tan fugaces como el tiempo que tarde la gravedad en llevar la gota pendiente en la punta de la hoja contra el piso para transformarse nuevamente, somos tan fugaces como el tiempo que tarda la lluvia en precipitarse contra el suelo, y tan fugaces como el tiempo que tarde el suelo en absorber la gota que se precipita contra ella. Siendo tan fugaces, siendo tan “suspiros de la vida” ¿Por qué dedicamos tanto tiempo a pensar como vamos a vivir en vez de vivir mientras duramos? ¿por qué dedicamos tanto tiempo a pensar cuánto tiempo es necesario para empezar a amar en vez de amar por el tiempo que podamos mientras existimos?
Nos vemos en el espejo…